¿Cómo se organiza hoy la clase trabajadora para seguir siendo clase en lucha?
Esta no es una pregunta retórica ni provocadora por capricho. Es una pregunta histórica. La clase trabajadora solo ha logrado conquistas cuando ha sabido leerse a sí misma en su tiempo, reconocer sus transformaciones y reorganizar sus formas de lucha según las condiciones materiales que le impone el capital. Aferrarse a una forma organizativa como si fuera eterna no es fidelidad a la historia; es, muchas veces, negación de la realidad.
El mundo del trabajo ha cambiado profundamente. La informalidad dejó de ser marginal, el empleo estable ya no es la norma, y millones de trabajadores y trabajadoras sobreviven entre la ciudad y el campo, entre la calle, el barrio, la vereda y la plataforma. En ese escenario, la clase no desaparece: se reconfigura. Y si la clase se transforma, también deben transformarse sus herramientas de organización y lucha.
Hablar de innovación sindical no significa desconocer el sindicalismo histórico ni deslegitimar a quienes entregaron su vida a la defensa de los derechos laborales. Por el contrario, implica reconocer que esas luchas fueron posibles porque supieron construir sujeto, territorio y organización en su momento histórico. Hoy, el desafío es otro: ampliar el sujeto sindical, territorializar la acción colectiva y reconocer a quienes, desde la informalidad y la economía popular, siguen sosteniendo la vida y la reproducción social.
La pregunta, entonces, no es si estas nuevas formas “gustan” o no, ni si incomodan a viejas prácticas. La pregunta de fondo es si el sindicalismo está dispuesto a volver a encontrarse con la clase trabajadora allí donde hoy existe: en movimiento, en la calle, en la moto, en el barrio, en la vereda, en la precariedad, pero también en la organización emergente. Innovar no es traicionar la lucha de clases; es intentar que siga viva.



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